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domingo, 15 de abril de 2012

¡Una brújula por favor!

Anoche soñé que viajaba a Finlandia y me olvidaba toda la ropa de nieve en casa. Llamaba por teléfono a la directora del EMCL y me mandaban a comprar ropa a Holanda. Una vez ahí, veía a las holandesas andando en bicicleta con sus minifaldas y sabía que no iba a encontrar nada, que mejor irme a Alemania. En Potsdam me esperaba el dueño de mi ex-departamento para que le pagara la electricidad y me escapaba al único lugar donde encontraría un poco de calor: Sudáfrica, que en realidad en mi sueño se parecía  un poco a Barcelona y a Punta Cana. Me levanté con mucho calor, y por un rato imaginé que mi cuenta de One World derrochaba millas.

miércoles, 7 de marzo de 2012

V de "Vacaciones"

Como algunos saben, ayer volvimos de nuestras vacaciones por los bosques de Knysna. La ciudad es famosa por la playa y sus paisajes, pero además porque está en la conocida Garden Route en Sudáfrica. Lejos de los lujos y las comodidades de sus hosterías y hoteles, esta vez elegimos hacer cinco días de senderismo en el Outeniqua Trail, precedido por un día de remo en el río Keurbooms junto a Mark -amigo de S. que algun@s recordarán por su paso por Buenos Aires a fines de 2007- y su novia Sally.

Panqueques y asado de por medio, el día de remo no se hizo tan duro, y la noche en la cabaña en Whiskey Creek se convirtió en un buen reencuentro lleno de anécdotas e historias alrededor de un fogón trillado pero muy acogedor.

Al día siguiente volvimos a Knysna y partimos rumbo a nuestra cabaña en Beervlei, donde nos quedamos para empezar nuestro viaje la mañana siguiente. 




Nuestro primer día nos encontró con lluvia, pero así y todo llegamos a Windmeulnek, una cabaña en medio de las montañas, después de seis horas de caminata cuesta arriba y abajo. Y así cada día, algunos mejor que otros, pero siempre con la alegría de llegar a destino y de que con cada almuerzo y cada cena nos desharíamos de parte del peso que cargábamos. Comida y variedad en los platos no nos faltaron: desde panqueques con dulce de leche hasta curry, spaguetti con bolognesa de soja y algún que otro chocolate como premio al final del día. En Windmill descubrimos que había una casa de té cuando llegamos, juntamos los pocos rands que teníamos (no aceptaban tarjeta de débito y ni hablar de un cajero automático cerca) y nos pedimos un Nestea y una porción de torta cada uno. Imposible describir nuestra alegría.

Además de los paisajes, nos cruzamos con babuinos, cobras, serpientes, y pudimos seguir el rastro de algunos elefantes en el último tramo desde Rondebossie hasta Diepwalle.
 
En total caminamos 80 kilómetros, el úlltimo igual que el primero, con lluvia, pero cargado con un sentimiento de felicidad indescriptible.

Para los curiosos, algunas fotos más de nuestro paso por el Outeniqua Trail haciendo click acá.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Efemérides (III)

Hoy me di cuenta de que un día como hoy hace tres años estaba camino a Sudáfrica, hace dos años estaba en Groningen, hace uno estaba varada de el aeropuerto de Miami esperando el regreso, y este 8 de diciembre me toca en casa. ¿Será por eso que a veces me despierto sin saber adónde estoy?

jueves, 8 de abril de 2010

El Mate Viajero (V - ¡Hay que venir al Sur!)

De blanco papel y ojeras a tostado casi caribeño, de bajo cero a casi treinta grados, de triste a contenta, mi paso por Sudáfrica fue de lo mejor. Ayer llegué a Potsdam y ya extraño. Aunque no saqué muchas fotos, les dejo algunas para que vean la transformación.

martes, 10 de noviembre de 2009

Amor de otro planeta

En Amsterdam conocí el verda-dero amor. Espero que no se hayan encariñado con el anterior; Sudáfrica me quedaba dema-siado cerca.

miércoles, 28 de octubre de 2009

In Flanders Fields

Cecil tenía quince años cuando escapó de su casa en Kent. Cansado del maltrato de su abuela, pensó que enlistarse en la marina sería la mejor vía de escape para una adolescencia sombría y un futuro impreciso. Una profesión, un plato de comida tres veces al día y un salario con el que podría mantenerse resultaban suficientes razones para dejar su ciudad natal y partir rumbo a Sudáfrica. Pero Cecil no sabía que servir a Su Majestad Jorge V de Inglaterra podría ser más duro que la crueldad de cualquier abuela, y cuando llegó a Cape Town enterró su uniforme al pie de la Table Mountain y decidió escapar por segunda vez.

En su disyun-tiva entre ser niño y hombre, Cecil entendió que para con-vertirse en lo último debía volver al ejér-cito, pero sabía que de hacerlo debería pagar su desersión con la pena de muerte. Con un poco de astucia, llegó a Johannesburg y se enlistó en el ejército utilizando su segundo nombre y su primer apellido. Desde ese momento sería Robert Graham, y se quedaría en paz con su conciencia; nadie podría llamarlo cobarde.

Desde hacía más de un año, Ypres se había transformado en uno de los puntos estratégicos más codiciados para alemanes y Aliados y fue allí a donde Robert fue enviado. La invasión alemana a Bélgica había obligado a la Corona Británica a formar parte de la Gran Guerra, y desde ese momento, tropas del imperio y de la colonia británica ocupaban territorio belga.

Durante los dos años que Ro-bert estuvo en Bélgica, Ypres y sus alrededores fueron lugar de numerosas ba-tallas. También, el sitio donde por primera vez se probaron los efectos del gas cloro y del gas mostaza. Para los británicos, conservar Ypres significaba impedir el avance de las tropas alemanas rumbo a Francia, y esta fue la tarea a la que fueron encomendados decenas de miles de soldados.

Pero Robert no llegó a ver la toma de lo que quedaba de Ypres en 1918. Un año antes, una bomba cayó en su trinchera y los escombros que cayeron sobre él rompieron sus tobillos. Obligado a ir en busca de compañeros heridos, Robert ató sus botas lo más fuerte que pudo para calmar el dolor y obedeció. Una bala en el pecho lo sorprendió y dejó tirado en medio del campo de batalla.

Ahora, para aquellos que aman los finales hollywoodenses, es sabido que siempre hay una segunda oportunidad para los héroes de guerra, y Robert no careció de la suya. Dos días después de ser baleado, fue encontrado por un grupo de médicos; estaba vivo. La bala había dado en una moneda dentro de su billetera y había impedido que muriera. Increíble o no, la herida le dio su pasaje a Inglaterra, donde recibió tratamiento. En el hospital, él pidió volver a Sudáfrica; no podía regresar a Kent, ya que el ejército seguía buscándolo por desertor.

Después de la guerra, Robert encontró trabajo dibujando y diseñando las calles de Johannesburg. En 1939, ya casado y con hijos, volvió a unirse al ejército y luchó en Egipto durante la Segunda Guerra Mundial. Esta vez ileso, volvió a Sudáfrica y entendió que había arriesgado su vida durante más de siete años por la Corona Inglesa. Era tiempo de volver y dar la cara.

Pero como eran otros tiempos, y viajar no era tan fácil ni común como lo es ahora, recién en 1961, su hijo Ronald y su nuera pudieron llevarlo a Kent. Sus hermanos y primos dijeron que no le hablarían hasta que se entregara a la policía. Él había deshonrado a la familia. Robert entendió que Inglaterra ya no era su hogar, y que los valores y patria por los que había peleado no lo respaldarían, aunque le hubieran otorgado una medalla por su valentía y honor. Defraudado por la reacción de su familia, volvió a Sudáfrica una vez más, esta vez para siempre.

La medalla hoy descansa en una pared en una granja en el Klein Karoo. La billetera está en vías de ser llevada al Museo de Guerra en Inglaterra. El resto -en el que incluyo mi interés por visitar Ypres más de noventa años después- es historia.

Algunas fotos más de mi visita a Ypres haciendo click acá.